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“El otro día leí una noticia (Yahoo noticias) sobre una información publicada por un periódico, ABC, y cuando termine de leerla el corazón se me encogió, pero parece que a las autoridades no les pasa eso.

La noticia hacía eco de la carta de una madre valenciana dolida que recogió a su hijo con autismo descalzo y cubierto de heces en el colegio, pero que no denunciaba sólo ese hecho sino la situación de desamparo en la que se encuentran tanto su hijo como el resto de niños autistas en ese colegio ante la falta de personal. Esta madre ponía el foco en la raíz del problema, en algo que no era exclusivo del colegio de su hijo ni de su familia.

Su hijo tiene 5 años y autismo y acude a un colegio público de Valencia, y cuenta como un día al ir a recogerle a las dos se le encuentran en el patio, descalzo y manchado, la ropa, las manos, la boca. Heces, mierda, caca. Pero la semana pasada fue con orina, estaba meado, aunque ya casi seco porque las temperaturas era buenas.

El foco de la denuncia de esta madre es la falta de personal para atender a los niños del aula de comunicación y lenguaje, que solo han contado con apoyo durante dos semanas este curso, y el hecho de que la inclusión que tanto se pregona en realidad no se produce. Crítica la falta de comprensión hacia los demás. De su carta se desprende una importante falta de empatía hacia los demás, hacía los que son diferentes, hacía sus sentimientos y sus necesidades.

Ella cuenta como ejemplo una “anécdota”, el de una excursión al teatro a la que su hijo no podía ir porque no había profesores para ocuparse de los niños con necesidades especiales. Para solucionarlo se apuntaron ella y otras madres, al llegar el autobús, todos los niños bajaron, hicieron su fila y los profesores se los llevaron. Atrás se quedaron su hijo y el resto de niños con autismo, como si no fuesen con el mismo grupo.  “Allí quedaron los niños del aula de comunicación y lenguaje, rezagados, aparte, ninguneados. Sí, ninguneados por sus maestros y compañeros. Se suponía que mi hijo está en un aula ordinaria de referencia. Pues sus compañeros se marcharon sin él y sin los demás, claro. Y nadie lo tuvo en cuenta, porque no lo conocen, y seguro que si lo conocen es por el niño que se caga encima, aún siendo tan guapo y tan mayor. Qué más da”. Escribe esta madre.

Para ella, “ese detalle de la excursión que puede parecer tan nimio y para el que seguro que hay mil excusas que pueden ser comprensibles, es la verdad de lo que aquí se da por llamar inclusión”. Una inclusión que salta a la vista que no existen más allá del papel. La realidad es otra. La de Leo y la de tantos niños como él con necesidades especiales.

Tras leer esto, cómo no se te va a encoger un poco el corazón, cómo no es posible que uno no se ponga en el lugar de esa madre, pero sobre todo de ese niño…, que tristeza pensar que hoy en día, después de tantos años que se habla de inclusión ésta no se la ve, pero sobre todo que tristeza pensar que como personas no nos ponemos en el lugar del otro, que sus compañeros no se pongan en su lugar y les apoyen, al igual que sus profesores. Llegados a este punto, creo que todos como sociedad tenemos un problema, un gran problema que deberíamos solucionar“.

Sonia

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